Reflecciones sobre Informática

Thu 30 April 1992

COMPUTACION: f. Cómputo, cálculo (Sinón. V. Cuenta).


COMPUTADOR: m. V. ORDENADOR.


INFORMATICA: f. Ciencia del tratamiento automático y racional de la información.


ORDENADOR, RA: M. Calculadora electrónica, constituida por un conjunto de máquinas especializadas depen­­dientes de un programa común, que permite, sin interven­ción del hombre, efectuar complejas operaciones arit­méticas y lógicas.


Pequeño Larousse Ilustrado.


La aparición de los computa­dores electrónicos en este siglo fue impul­sada principalmente por la necesidad de llevar a cabo en forma más rápida y libre de errores la inmensa cantidad de cálculos requeridos por ciertas actividades hu­manas, como las grandes obras de ingeniería y los censos. Los términos Computación, Computadory Máquina Computadora ya habían sido usados con ante­rioridad por los investigadores pio­neros en el área, pero es en el momento de la invención y el sub­siguiente uso y aceptación de los nuevos mons­truos electró­nicos, cuando estos términos se acuñan en el idioma cientí­fico y cotidiano.


En cualquier diccionario en­contramos que las palabras computador y computación derivan de la palabra cómputo, la cuál s su vez es sinónimo de cálculo. Las pala­bras computador y com­putación son las traduc­ciones literales de las usadas en in­gles, lengua materna de las grandes calcu­ladoras, para referirse a dichos aparatos. Aún en la actualidad, los países anglo‑parlantes usan el término Computer Sciences (Ciencias de los Computadores) para referirse a esta área del quehacer hu­mano. El título otorgado por la Universidad Central de Venezuela es el de Licenciado en Computación y el otorgado por la Universidad Simón Bolívar es el de Ingeniero de Computación. Al parecer , todavía las palabras derivadas de cálculo describen bastante bien a estas máquinas y al uso que les damos. Y es que estas, las nuevas máquinas, aunque mucho más pequeñas y poderosas, guardan inmensas similitudes de carácter técnico con las primeras. Pero a pesar de esto, las palabras derivadas de cálculo ya no describen adecuadamente el quehacer en torno a las nuevas máquinas, ni a la profesión que se desen­vuelve en torno a ellas.


En su afán característico de castellanizar todo nuevo tér­mino o palabra extranjera, la Real Academia de la Lengua Española se dio a la tarea de adjudicar (o inventar) un nom­bre castizo para las nuevas máquinas electrónicas, y otro para la ciencia que había surgido en torno a ellas. Sus elecciones fueron ordenadore informática respectivamente. La palabra ordenadorquiere decir simplemente “el que (o lo que) ordena” y es de uso am­plio en el hablar cotidiano; su definición ha sido ampliada para incluir a las máquinas electrónicas. En cambio, la palabra informática figura en el diccionario solo para referirse a la ciencia de las nuevas máquinas electrónicas. Según el Pequeño Larousse Ilustrado, la informática es la “Ciencia del tratamiento automático y racional de la información”. Aunque no figura en esta breve definición, suponemos que la informática se lleva a cabo con los ordenadores y que estos lo que ordenan es información. Ahora bien, ¿por qué inventar una palabra y no simplemente oficializar el uso ya frecuente de las palabras computador y computación?


El uso que damos y la forma como enfrentamos a las nuevas máquinas ha venido cam­biando desde su invención. Desde la aparición de los mi­cro‑computadores y la conse­cuente penetración en la vida cotidiana de la informática, nuestra visión ha tomado otras muy diversas pers­pectivas. Si bien el uso principal de los orde­nadores es todavía el de “calcular” (el software o progra­mática más vendido en la historia de los ordenadores está constituido por las hojas de “cálculo”), nos pregunta­mos: ¿Cuáles son los cálculos que llevan a cabo un proce­sador de palabras o un grafi­cador de presentaciones? ¿Existe alguna cuenta que, usan­­do como dato un nombre o una cédula de identidad, de como resultado la lista de cuentas que una persona mantiene en un banco? ¿y qué respecto al diseño gráfico y el arte realizados a través de orde­nadores? Si existen “cálculos” en estos ejemplos de uso del ordenador, sus características y ubicación están fuera de la visión de la persona común.


Ahora, en la era de la popula­rización de la informática, podemos escuchar a cualquiera que use un ordenador hablar en términos técnicos antes reser­vados: interfaces gráficas, menús de opciones (no los de la banca acreedora), iconos, ratones, etc. Los ordenadores y sus parientes han penetrado nuestra vida cotidiana en las áreas más diversas: son los nintendo, que proporcionan horas de diversión y aventuras a los niños (y un poco de sosiego a los padres); lo atien­den a Ud. en el cajero elec­trónico de su banco (pí pí, pí pó y ya!); atienden a los ope­radores que se encargan de la conformación telefónica de cheques y a los del servicio de información de la CANTV (el ahora utilizable 103); presen­tan la ubicación, velocidad y estado de cada uno de los trenes en las estaciones de control del METRO; sirven de agendas electrónicas tamaño bolsillo en las que cabe infor­mación mejor organizada y en mayor cantidad que en cualquiera de las de papel; lo­gran que un violín suene como un piano (gracias al tratamiento computarizado de los sonidos); simulan desde la red vial auto­motriz hasta la economía de un país (no se si las de este país) ayudando a los planificadores en el diseño de mejores vidas para nosotros; organizan, en forma analizable, la inmensa cantidad de señales que llegan del espacio exterior; pueden diag­nosticar padecimientos en seres humanos con muy poca información; y más. El orde­nador se ha convertido en un aparato cotidiano, útil y de fácil uso, alejando la palabra “cálculo” de nuestra noción de informática, junto a la descon­fianza hacia los ordenadores de aquellos de nosotros que siem­pre sufrimos con las matemáti­cas en bachillerato.


Pero la evolución de las máquinas electrónicas no se detiene aquí. Más bien acelera su paso. Queremos máquinas in­teligentes. Por ahora nos con­formaríamos con una que tuvie­ra la inteligencia de un perro doméstico. Esto parece imposible, pero está a las puertas del próximo siglo. Los avances en inteligencia artifi­cial siguen el paso vertiginoso que la informática ha tenido desde sus inicios. Ya existen máquinas semi‑orgánicas las cuales no son programadas, de la manera que se hace con los ordenadores actuales, sino que más bien son enseñadas a llevar a cabo tareas (¿razonamientos?), tal vez de poca utilidad práctica, pero conceptualmente funda­men­tales en la consecución de las máquinas pensantes. Estos adelantos, unidos a la mayor comprensión que se tiene cada día de nuestro propio cerebro, llevarán seguramente a que en pocos años podamos contar con esclavos artificiales (si se pre­fiere: robots, autómatas o an­droi­des) que, a pesar de ser fundamentalmente tontos, po­drán encargarse por nosotros de tareas intelectualmente nulas y tediosas como sacar la basura, pasear al perro o hacer la guerra. Queremos, al final, máquinas que piensen por nosotros, que sepan desde ele­gir la ropa que más nos fa­vorece hasta invertir en la bolsa de valores. El “por qué” de esta querencia lo encontramos en una inquietud humana primi­tiva, de la cuál la informática es solo la imagen en voga: lel afán por la automa­tización.


El afán por la automatización ha exis­tido en nosotros desde que el hombre es hombre. Tal vez desde la invención de la rueda, el dominio del fuego o la domesticación de los ani­males hasta entonces salvajes. A los productos de este afán se les llama progreso, y en todas las épocas ha tenido fanáticos y detractores. Los intelectuales, investi­gadores e inventores de cada época han aportado cada adelanto, tal vez, en bien de la humanidad: para que el hombre común pueda trabajar menos y cultivarse más en pos de pen­samientos más nobles; pero en más de una opor­tunidad estos adelan­tos trajeron consigo todo lo contrario: desempleo, reduc­ción de salarios y aumen­to de las horas de trabajo, guerra, colonialización y esclavitud.


¿Qué ocurrirá cuando logre­mos fabricar máquinas pen­santes? ¿Estará entonces el progreso en beneficio de todos o solo en el de los más poderosos? Son interrogantes cuya respuesta es tarea de inte­lectuales y es­critores de ciencia ficción. ¿Estará dis­puesta la Real Academia a in­ventar las nuevas palabras?